POR QUÉ COMPARABA MI CUERPO Y CÓMO DEJÉ DE HACERLO

POR QUÉ COMPARABA MI CUERPO Y CÓMO DEJÉ DE HACERLO

Hace unos días se publicó mi primer artículo para Malvestida. EXCITEMENT ALERT. En él hablo sobre cómo dejé de sentir vergüenza al usar traje de baño en público y curiosamente a partir de esa publicación recibí algunos mensajes (y vaya que no es la primera vez que llegan) con la pregunta: “¿cómo le hago para dejar de comparar mi cuerpo con el de otras mujeres?”

Amiga, no sé cómo le harás tú, pero así es como yo le hice.

Para tener más clara esta ondita, primero tengo que exponer las tres razones por las que me comparaba neuróticamente y que tuvieron un fuerte impacto en mi autoimagen por años. Aquí las tienes:

Medios de comunicación. Revistas y televisión principalmente. Y este es el momento de confesar que cuando era pequeña en mi casa rondaron algunas joyas de la literatura como TvNotas y TVyNovelas, y como mi afición por la lectura comenzó a los 5 años, yo leí todo lo que se atravesó en mi camino (novelas vaqueras incluídas cerca de los 10 años, qué oso).

Mis ratos en el excusado cuando no teníamos al tío Instagram iban acompañados de varios minutos contemplando los cuerpos voluptuosos de mujeres con facciones perfectas, piel lisa, cabello largo y abundante, chichis y traseros grandes cubiertos por un micro mini bikini. La mujer perfecta en portada (o no tan perfecta) iba usualmente acompañada de un elegante titular como: “Dorismar ¡SE HIZO LA LIPO!”, “¡Qué báaarbara… BÁRBARA!”, “Anahí, ¡NOVIA SEXY Y CHIAPASIONADA!”, “Liliana Lago… zarás”, “¡SIN MAQUILLAJE! ¡EXCLUSIVA! Así cachamos a Lucía Méndez el día de su cumpleaños”. Sé que podría ejemplificar con un titular y sin negritas, pero es que habían muchos demasiado buenos para dejarlos pasar.

Juro que en mi cabeza se programaron algunas ideas y preguntas como: de grande voy a verme igual, eso es la belleza, si un hombre no me desea mi cuerpo no vale nada, necesito tener chichis ya, no puedo salir sin maquillaje ayura, ¿así debería verse mi piel?, al menos tengo el mismo color de pelo que ella.

Y no hablo sólo de este tipo de revistas; en realidad, y sin sonar como tu tía la que la arma de pedo por todo, es sumamente triste darse cuenta de la pobre diversidad física que exponen los medios masivos. Basta recordar nuestros días de Nickelodeon, Cartoon Network y Canal 5 para darnos una idea de lo que hablo; el perfil de niñxs y adolescentes ‘bonitxs’ en series y comerciales aparece en tu mente con sólo mencionarlo. Sabes que sí. Y si no te veías como las niñas en cuestión, pues bueno, tal vez podías sentirte frustrada e incómoda con tu aspecto; incluso llegabas a endiosar a aquella privilegiada del mundo ‘real’ que cumpliera con esas características físicas poniéndola por ‘encima’ de ti y tratando de ser más como ella. This shit is real. Si ya por naturaleza a veces nos causa conflicto no tener algo que otros tienen, imagina creer que ese ‘algo’ te excluye de ser parte del club de las bonitas. Fórmula clave para activar rencor, enojo y envidia dentro de ti.

El entorno familiar. Ya mencioné esto cuando hablé sobre lo bonito que me dejó odiar mi cuerpo, así que si te lo perdiste, corre de vuelta para enterárte del chisme. Esto que viene es algo así como un paréntesis “comercial” pero creo que es importante crear conciencia y abrir el diálogo.

Me preocupa la cantidad de mujeres que en mis talleres platican de la presión familiar insana que sienten sobre su peso, aspecto físico y alimentación; y es muy doloroso y cansado porque los integrantes de la familia son los que suelen estar más cerca de nosotras y de quienes más nos puede pesar la desaprobación y la falta de empatía. Que no se malentienda: una cosa es preocuparse genuinamente por la salud de ser un querido (I know I do…) y otra totalmente opuesta herirle con nuestra falsa preocupación que nada más refleja algún tema personal con el propio cuerpo, y esto pasa muchísimo cuando la familia tiene malos hábitos alimenticios y alguien elige hacer un cambio para bien. Ya sé, tristísimo. Y ahí no acaba porque precisamente se pone peor cuando te comparan con la hermana, la prima, la sobrina… o quien sea.

Al final del día, muchas de nosotras queremos que nuestra familia nos apruebe y nos apoye no importa qué, y no logramos medir el daño que esta presión nos puede hacer cargar durante mucho tiempo si no abrimos los ojos y nos hacemos cargo de nuestra propia salud y ejercemos autorespeto.

Vivir pendiente de otras mujeres. Pasé años mucho más preocupada por lo que vivían otras niñas de mi edad que de mí misma porque aparentemente no valía la pena ‘perder’ tiempo en recoger mi propia basura y era más sencillo responsabilizar a otras de mi frustración; me fijaba en lo que tenían, lo que lograban, a dónde viajaban, de la relación con sus papás, si eran o no más bonitas que yo, si me notaban en la escuela, si podía hacer favores para ganar su atención…

Pero lo que me ponía MAL era comparar mi cuerpo. Empezando por la forma en que yo comía: también MAL. Toda esa necesidad de afecto y aprobación era aliviada temporalmente con cantidades industriales de azúcar, chatarra congelada, grasa y más grasa. Luego, venía la ansiedad, la culpa, el asco, la tristeza, el enojo. Me enojaba no poder controlar mis impulsos; me hacía sentir ‘tonta’ y fuera de control porque era bastante evidente en mi cuerpo que yo no era tan cool como las demás (¿todavía se dicen cool o ya fue?).

De algo estoy muy al tanto, y es que podría parecer que la primera parte de este post apela mucho a la victimización, pero te diré por qué creo que no es así. No ‘culpo’ a los medios, la familia o las amigas por esta enfermiza adicción a compararnos unas con otras, pero quiero abrirte los ojos ya. Que veas que nada de esto proviene de ti, que no es real y que tú puedes controlarlo pero tal vez sin saber, vas regalando ese control al exterior. Ahora ya lo sabes.

ASÍ DEJÉ DE COMPARAR MI CUERPO

Sería mentira afirmar que nunca más volví a comparar mi cuerpo con el de otra mujer. Sea para sentirme mejor o peor con el mío, seguramente en alguna parte del camino lo hice y lo haré nuevamente. Sin embargo, las comparaciones ya no dominan como lo hacían; ahora puedo detectar enseguida cuando lo hago y además utilizar lo que detecto para observar un asunto más profundo (que no tiene que ser precisamente físico) y trabajar en él. No es lo que te sucede, es lo que haces con ello.

Pensé en hacer una lista puntual con las ‘5 cosas que hice para dejar de comparar mi cuerpo’ pero realmente no fue así. No me di cuenta en qué momento ocurrió. Y no me di cuenta de ello porque estaba muy enfocada en mí. Llamémosle a este el paso uno. ENFÓCATE EN TI. En tus hábitos, lo que comes, lo que lees, lo que escuchas, lo que pones en tu cuerpo, lo que dices. Obsesionate un rato contigo, pues. Ya te toca.

El ejercicio de hablarte al espejo todos los días repitiendo cosas chidas sobre tu cuerpo y casi ser tu porrista personal no es en balde. Y aunque al inicio no te haga sentido o te sientas extraña (porque créeme, sé que algunas mujeres no sienten que valen ni un plato de comida saludable hecho en casa o no soportan 20 segundos viéndose desnudas al espejo) comprométete con la práctica de ser tu prioridad y de actuar como si te aceptaras completamente. Todo se resume a aceptación; si no aceptas el cuerpo que tienes, te espera un largo camino de sufrimiento y neurosis porque no va a importar cuánto hagas por ‘ser otra’ si en esencia no te apruebas. Es lo que es y no puedes hacer nada para cambiarlo en ese mismo momento. FOCO ROJO. No hablo de que te quedes como estás o que no puedas pintarte el pelo o ponerte chichis. Hablo de tu cuerpo hoy, aquí y ahora, no de todas esas proyecciones ideales a futuro que TIENEN que cumplirse para que ENTONCES seas digna de tu aceptación y amor. Este es el enorme problema cuando se hablar de ‘aceptar tu cuerpo’. NO ES CONFORMISMO, AMIGAS. Es despejar la pista para poder fluir. No es quedarte en el mismo sitio, es abrir los ojitos, ver tu realidad y hacerte responsable de ella; enterárte de que AHORA es el único instante que tienes para aceptarte o seguirte rechazando.

Cuando hayas hecho suficiente trabajo personal, un día verás que es mentira que tengamos que competir unas con otras, es estúpido y es inútil. Es sano admirar el físico de otras mujeres, es hermoso destruir nuestros propios estereotipos de belleza para ver la magia en cada cuerpo y es un reflejo automático de una buena relación con el propio. Nunca olvides esto: TIENES LO QUE VES Y DAS LO QUE TIENES.

Dejé de compararme porque nadie es como yo y no soy como nadie.

Fotografías de Karla Moes. Maquillaje y cabello de Sofía Abraham. Dirección y estilismo de Majo Escalante. Locación: Rosas & Xocolate. Traje de Aerie. Kimono de American Eagle.

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